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La educación ambiental como eje central para el nuevo modelo de sociedad sostenible

El Desarrollo Sostenible se define como la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades (Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo) y trata de lograr de manera equilibrada el desarrollo económico, el desarrollo social y la protección del medio ambiente.

A pesar de que los gobiernos y las administraciones deben de ser los guardianes principales de este tipo de desarrollo, la ciudadanía tiene que formar parte e involucrarse en él, convirtiéndose en impulsora del mismo. De aquí nace el término “Sociedad Sostenible”. Pero ¿cómo podemos conseguir que nuestra sociedad sea una Sociedad Sostenible?

Gracias a los diferentes niveles de Educación Ambiental (escolar, profesional, universitario, etc.), se ha conseguido, en primer lugar, concienciar a las personas sobre los problemas medioambientales que desconocían, y en segundo lugar, generar un cambio de hábito para revertir o por lo menos disminuir esos impactos negativos en el medio ambiente. Muchos son los ejemplos que demuestran que la base para una sociedad mejor, y por lo tanto, sostenible es la Educación Ambiental:

  • Se ha promovido un consumo responsable del agua
  • Se ha promovido un uso racional de la energía
  • Se ha promovido un uso de transporte sostenible y colectivo
  • Se ha creado una cultura del reciclaje
  • Se han establecido medidas contra el Cambio Climático

Sin olvidar que hay que seguir formando en esos hábitos ya conseguidos, es importante marcar nuevas metas y nuevos objetivos para conseguir el fin último: Una Sociedad Sostenible.

Es por ello que en CIMAS nos hemos marcado el reto junto a ACLIMA y la red de Consorcios y Entes del Agua del País Vasco y la Agencia Vasca del Agua de concienciar a la ciudadanía mediante los diferentes niveles que contempla la Educación Ambiental sobre los CONTAMINANTES EMERGENTES.

Para ello se han realizado una serie de talleres dentro del marco del proyecto “Hábitos ciudadanos y contaminantes emergentes”. Durante la actividad el alumnado de la ESO, Bachiller y de Ciclos Formativos varios (Cuidados Auxiliares de Enfermería, Laboratorio Clínico y Biomédico, Laboratorio de Análisis y Control de Calidad, Educación y Control Ambiental, Diseño de Joyería, Anatomía Patológica, Higiene Bucodental, Atención a la Dependencia y Diseño y Amueblamiento) ha podido conocer el ciclo urbano del agua y la repercusión que nuestros hábitos tienen sobre las aguas de consumo y la red de saneamiento.

De esta manera, se ha creado un espacio de reflexión en el que el alumnado y el profesorado han analizado sus hábitos personales y ha podido contabilizar la cantidad real de productos químicos que utiliza en su día a día en los hogares y en sus puestos de trabajo. Así, han ido conociendo los diferentes tipos de contaminantes que existen y las repercusiones que cada una de esas sustancias tiene sobre la salud humana y el medio ambiente. Esta reflexión ha permitido que se comprenda que el efecto agregado de cada acción individual tiene como resultado la generación de niveles de contaminación significativos.

La idea principal de estos talleres es que el alumnado sea el eje fundamental del cambio y que sea el propio alumnado fuente de inspiración y concienciación para las personas de su entorno y con las que interactúan a diario (profesorado, familia, amistades, futuros compañeros de trabajo, etc.). De esta forma, se pretende que la problemática se vuelva más visible y que llegue a un mayor número de personas. Para orientar esta labor de concienciación, se han propuesto diferentes retos para que el alumnado pueda empezar a divulgar la información que ha recibido en los talleres.

Hoy 26 de enero se celebra el Día Mundial de la Educación Ambiental, que tiene como principal objetivo identificar la problemática ambiental tanto a nivel global, como a nivel local y crear conciencia en las personas y muy especialmente en los gobiernos en cuanto a la necesidad de participación por conservar y proteger el medio ambiente. Desde aquí queremos dar las gracias a los promotores de la iniciativa como a los centros (Egibide, La Salle y a EASO Politécnica entre otros) por vuestro interés y ganas de avanzar hacía ese futuro deseado y corresponsable. Vosotros sois el eje, ESKERRIK ASKO!

Nerea Trabudua y Joseba Larrea.

Ambientólogos y consultores en CIMAS.

#juevesostenibles | Museos sin paredes

¿Recordáis cuando, en el año 2007, la baronesa Thyssen se encadenó a los árboles del bulevares del Paseo del Prado y Recoletos? Se trataba de una concentración, convocada por la Plataforma ‘SOS Paseo del Prado’, en contra de Plan Especial del Eje Prado-Recoletos, que tendría un efecto sobre 700 árboles de aquel tramo. Pues bien, décadas antes, en los 80, aquí en Valencia la entonces concejala Carmen Arjona se opuso también a que las excavadoras terminaran con un ejemplar de encina situada al principio de la Avenida de Aragón. Años después, el consistorio estableció una protección para este árbol monumental, logrando que haya sobrevivido hasta nuestros días.

Los árboles monumentales en Valencia

Pero, ¿cómo distinguimos un árbol monumental de uno que no lo es? Aunque no deja de ser una clasificación artificial (¿qué árbol no es un monumento?) el adjetivo ‘monumental’ implica una serie de características que nos permiten detectarlos. Si acudimos a la definición de la Ley de Patrimonio Arbóreo, entenderemos que nos referimos a los árboles que tienen unas características excepcionales, diferenciadoras del resto de su especie. Por edad, por el porte, o por los “acontecimientos históricos, culturales, científicos, de recreo o ambientales ligados a ellos y a su legado”, merecen ser protegidos y conservados.

Uno de los puntos interesantes es que el carácter de ‘monumental’ goza de una protección expresa de la Generalitat Valenciana, mediante Decreto del Consell. También se pueden declarar,como tal, por los Ayuntamientos que así lo consideren. Todos los ejemplares pasan, de esta manera, a integrar el Catálogo de árboles singulares de la Comunitat Valenciana (o el catálogo local, en el caso de Ayuntamientos) . Actualmente, existen 1.503 ejemplares en el catálogo. Estos árboles forman parte de un conjunto de elementos, presente en todo el territorio, que se conoce como infraestructura verde.

¿Qué es la infraestructura verde?

Si hablamos de infraestructura, en general tendemos a pensar en redes de transporte, visualizamos carreteras, vías de ferrocarril o aeropuertos. Al hablar de infraestructura verde, nos estamos refiriendo a un conjunto de elementos naturales, que funcionan como una red de puntos, más o menos conectados, y que nos proporcionan servicios que, de otra manera, nos sería difícil conseguir. Contrariamente a la infraestructura gris, que generalmente tienen un fin único y monoespecífico, la infraestructura verde  nos provee de una serie de servicios ambientales a todas las personas. Para visualizar ejemplos de infraestructura verde, pensemos en parques y jardines de nuestras ciudades y pueblos, como el jardín del Túria, el Parque de Cabecera o la impagable Albufera de València. Pero también pensemos en los campos agrícolas que envuelven la ciudad, la red de acequias, paredes verdes en algunos edificios o en el bosque del Saler.

Valor social y ambiental de la infraestructura verde

Los árboles monumentales, pero también el resto de elementos vegetales (desde los campos de arroz, a las praderas, bosque, sistemas dunares o parques urbanos) son las piezas clave del mosaico que es una infraestructura verde.

A nivel ambiental, estos elementos permiten  regenerar el aire que respiramos, reteniendo contaminantes y mejorando la calidad del aire de la ciudad. Se encargan de filtrar el agua al subsuelo, recargando acuíferos y evitando que el suelo se erosione. Además, son el hábitat de especies que convierten a la región mediterránea en una de las más diversas. Y cuanto más diverso, más rico es un ecosistema. Además, esta infraestructura nos permite mitigar los efectos del cambio climático: frenan las avenidas e inundaciones, almacenan carbono, reducen la temperatura en la ciudad (el efecto isla de calor) y refuerzan los ecosistemas. Esto tiene consecuencia directa en el impacto social que percibimos. La infraestructura verde mejora la salud y el bienestar en las ciudades. Bien gestionadas, aportan valor y generan puestos de trabajo, mejorando además el atractivo de nuestro territorio, lo que redunda en beneficios para el turismo y el ocio.

Es importante destacar que, por sí misma, para ser eficaz, la infraestructura verde debe integrarse en una red, estar interconectada. Por eso no hablamos de espacios o manchas verdes, sino de un conjunto de piezas que, como en un puzzle, adquieren sentido al estar unidas. Por sí sólo, los parques de la ciudad, como los referidos anteriormente, forman parte de una infraestructura porque están conectados entre ellos y, a su vez, con elementos de mayor impacto. En el caso de la ciudad de Valencia, pensemos, por ejemplo, cómo de norte a sur encontramos la huerta del norte, la franja litoral, el parque del antiguo cauce del río Túria, y la Albufera de Valencia. Si pensamos en esta red, es entonces cuando la infraestructura verde, bien gestionada, resulta efectiva para absorber avenidas, depurar el aire, reducir la temperatura dentro de la ciudad u ofrecer servicios de ocio natural más atractivo para la ciudadanía.

Nuestros museos sin paredes

Dicho esto, tendemos a pensar en obras de arte como piezas de museos.. En una ciudad como Valencia, tenemos diferentes museos que acogen piezas únicas: el Museo de Bellas Artes acoge colecciones con obras de artes anteriores al gótico hasta nuestros días. El IVAM nos acerca al arte contemporáneo o el Muvim, que  nos trae la modernidad y el diseño. Éstos serían tres ejemplos de los múltiples espacios que sirven para poner de relieve elementos que tienen un valor más allá de la propia obra, más allá del soporte artístico.

Algunos los tenemos fácilmente localizables, como los que habitan el Jardí Botànic de la Universitat de València, Viveros o el Jardín del Túria. Otros los podemos encontrar repartidos por la ciudad, como los ficus de la Alameda o del Parterre (Ficus macrophylla), el Palmito (Chamaerops humilis) de la Plaza del Ayuntamiento (junto a la fuente) o las tres palmeras (Phoenix dactylifera) junto a la Plaza de España.   Muchos de los ejemplares pueden ser fácilmente identificados gracias a unas fichas, colocadas en los propios troncos e incluso existen recorridos propios, como el de los Jardines del Real (conocido como Viveros) o alguno de los jardines históricos de la ciudad.

Por eso, la próxima vez que paseemos por las calles, os propongo que veamos nuestra infraestructura verde como un museo sin paredes. Un museo lleno de árboles monumentales, piezas históricas verdes, que habitan en nuestra ciudad y que, sin embargo, no gozan del mismo reconocimiento o de la misma proyección.